24.1.07

Rusia y Occidente

La contraposición tajante e irreconciliable de Rusia a Occidente o de Occidente a Rusia constituye el núcleo de un cuerpo ideológico realmente curioso, pues fue creado y desarrollado gracias al esfuerzo común y solidario de mentes antagónicas en todo lo demás. Es decir: las de quienes defendían la especificidad de todo lo ruso y la de los partidarios fanáticos de todo lo occidental. A los primeros hay que reconocerles, en detrimento de los segundos, el mérito de haber contribuido, aún desde posiciones radicales, a la comprensión y definición de los rasgos nacionales de Rusia; pues el occidente europeo constituye una combinación compleja de diversas culturas nacionales, en relación a las cuales ese trabajo de comprensión había sido llevado a cabo mucho tiempo antes.

Si bien el concepto de Occidente, es decir Europa occidental, es un concepto relativamente claro para la mayoría de las personas, no se puede decir lo mismo del concepto de Oriente, pues este último es objeto de las más variadas y extravagantes interpretaciones, y siempre con la finalidad de contraponerlo de manera tajante al concepto de “Occidente”, sea cual sea la apreciación (positiva o negativa) que de este último se tenga.


Se puede llamar a la Iglesia Ortodoxa cristianismo oriental, pero de ningún modo se le puede llamar cristianismo asiático. La cultura rusa puede ser denominada euroasiática, pero ella ha nacido y se ha desarrollado en Europa, y no en Asia. El concepto Eurasia aplicado a Rusia está geográficamente tan justificado como el de Euráfrica aplicado a España, mas esto no significa en modo alguno que se pueda hablar de una cultura euroasiática o euroafricana, sino simplemente de culturas nacionales, la rusa y la española, en las que los elementos traídos del Oriente han desempeñado un papel mayor que en las culturas nacionales de otros países europeos.

El carácter español, las costumbres, las artes, hasta la religiosidad mística de España ofrecen muchos más rasgos orientales de los que pueden descubrirse en la cultura o en la vida cotidiana del pueblo ruso. Pero Cervantes tiene tanto de moro como Pushkin de mongol, y la barrera de los Pirineos, aunque mejor fortificada por la naturaleza, ha estorbado tan poco en la integración de España dentro de la cultura europea como los Cárpatos o los pantanos de Pinsk lo han hecho respecto a Rusia.

Bizancio no es Asia, pues al igual que el mundo occidental, Bizancio se desarrolló sobre las mismas bases heleno-cristianas de la cultura europea. Se puede contraponer Bizancio a Occidente, pero sólo geográficamente, en calidad de el Este europeo. El este y el oeste de Europa no son dos mundos extraños (aunque en permanente comunicación) sino dos mitades de una misma cultura basada en el cristianismo y la Antigüedad clásica.

El imperio bizantino fue en gran parte, desde un punto de vista geográfico, un imperio asiático. De hecho la cultura de la Grecia antigua floreció igualmente en las ciudades de Asia Menor, y el cristianismo nació no en Atenas ni en Roma; y el más grande de los Padres de la Iglesia de Occidente, San Agustín, pertenece a Europa sólo a ojos del historiador, mientras que el geógrafo lo ubicará en África. La noción histórica de Europa no coincide con la geográfica: La Europa histórica nació hace tres mil años en el extremo oriental de la cuenca del Mediterráneo, y el norte del continente europeo no cuenta con más de mil años (puede que incluso menos) de vida histórica.

La cultura bizantina fue ante todo una cultura heleno-cristiana, y solo como tal pudo ella convertirse en educadora de los pueblos de la Europa del Este. Educada por Bizancio, la antigua Rusia no se vio separada de Europa, puesto que esa educación consistió ante todo en la transmisión de la tradición greco-cristiana; Rusia no estaba separada de Occidente más que en razón de la diferencia existente entre el cristianismo bizantino y el cristianismo occidental, entre el espíritu de la antigüedad clásica transmitido por Bizancio y ese mismo espíritu heredado de Roma.

La antigua lengua eslava eclesiástica que tanto contribuyó a la formación de la lengua rusa y, en definitiva
, fundiéndose con ella, a la creación de la lengua literaria moderna rusa (su diccionario, la formación de las palabras compuestas, la sintaxis y las figuras estilísticas) no es otra cosa que un vaciado perfecto de la lengua griega, mucho más próxima a ella (no genéticamente, sino por su forma interna), que las lenguas roma
nces al latín. Los sermones de Kiril de Turov están más cercanos por su melodía, por su refinada construcción rítmico-sintáctica a los modelos griegos, de lo que lo están los textos de sus contemporáneos occidentales a los modelos elevados de la prosa latina. Un icono de Andrei Rubliov está más cerca de la comprensión griega de la plenitud de la forma, la melodía de la línea y la saturación del ritmo, que el arte de Masaccio o de Fra Angélico, sus contemporáneos en Italia. Las palabras rusas que expresan ciertos estados de ánimo, actitudes y percepciones elevados, tales como los de meditación (razdumie), de contrición (raskáyanie), de piedad (blagochestie), de belleza (blagolepie), de veneración (blagogovienie), de sinceridad y pureza (chistoserdechie), de caridad (miloserdie), de castidad (tselomudrie), no son sólo la traducción de palabras compuestas griegas, sino también la aprehensión de las nociones morales concebidas por los griegos y que consiste en la fusión de la idea del bien con la idea de lo bello. Palabras que primero pertenecieron a la lengua eclesiástica y que posteriormente pasaron a formar parte de la lengua popular.


«La Ortodoxia -ha dicho Rozánov-, responde admirablemente al alma armoniosa, pero no responde en absoluto al alma turbulenta». Mas si hubo alguna vez una cultura del alma armoniosa, esa cultura ha sido la cultura griega, y si a ese cristianismo griego, que penetra toda la vida espiritual de la antigua Rusia lo denominamos “Oriente” o “Asia”, entonces a qué llamaremos “Europa”.


La lengua rusa como fenómeno étnico revela ciertos rasgos de semejanza con las lenguas turco-tártaras, pero la lengua literaria rusa en tanto que expresión de la cultura nacional se formó, como hemos visto, bajo la influencia del griego, a la que se ha añadió posteriormente la influencia de las lenguas de Europa occidental. La antigua Rus tiene tan poco de asiático en sus grandes creaciones de la cultura, de la literatura y de la vida religiosa como la Rusia posterior a Pedro el Grande. En lo que respecta a algunos elementos aislados heredados de los tártaros después de su invasión, o de aquellos otros asimilados por Moscú de Persia, de la India o de China, ellos, naturalmente, han jugado un determinado papel, del mismo modo que los elementos de la cultura árabe se dejaron sentir (y en mucha mayor medida) en la cultura española. Pero ninguno de esos elementos asiáticos consiguió acabar en Rusia con el cristianismo griego, con Bizancio, es decir: con Europa; de la misma manera que “los moros” no consiguieron convertir a España en un país no europeo.

La cultura rusa anterior a Pedro el Grande fue más occidental que la cultura bizantina, y por eso la obra de Pedro I fue la culminación lógica de un largo rodeo histórico que comenzó con el traslado de la capital romana a Constantinopla y concluyó con el traslado de la capital rusa a San Petersburgo. La vida religiosa, estatal y jurídica de la antigua Rus, a pesar de todas sus diferencias respecto a Occidente, estaba mucho más cerca de él que de Bizancio, su educador. El antiguo derecho ruso forma parte de la misma familia que la Lex Salica y las otras “leyes bárbaras”. San Sergio de Radónez se asemeja más, en definitiva, al santo medieval occidental (en parte a San Francisco de Asís, en parte a San Bernardo), que a cualquier santo bizantino.

Si bien parece lógico oponer el Occidente europeo en bloque a la Rusia del periodo moscovita (Moskóvskaya Rus), no parece que se pueda hacer lo mismo con relación a la Rusia de San Petersburgo. Rusia se iba haciendo comparable a las otras naciones europeas y podía oponerse a cualquiera de ellas, del mismo modo que es lícito señalar el contraste entre Inglaterra e Italia, Francia y Alemania. Fuera de estas contraposiciones, de estos contrastes, Europa no existe; sin ellos, su unidad se reduciría a un mezquino unísono; y el problema de Rusia era precisamente entrar en el coro, no para entonar la misma nota, sino para hacer oír una voz que le fuera propia. Los occidentalistas entendían mal el problema, porque imaginaban su país como un simple campo de experimentos propuestos a la civilización occidental; no alcanzaron a comprender que formar parte de Europa no significaba en absoluto parecerse a Occidente hasta el punto de no parecerse a sí misma.

El siglo XIX fue para Rusia lo que el siglo del Renacimiento para Italia, lo que el final del silgo XVI y parte del XVII para España, Inglaterra y Francia o lo que significó para Alemania aquel tiempo singular marcado por los años del nacimiento y muerte de Goethe. Fue con el trabajo de varias generaciones desde Pedro el Grande hasta Pushkin que toda Europa llegó a pertenecer a Rusia y Rusia a Europa; Todo lo que fue creado en Rusia después de Pushkin, pertenece al siglo XXI europeo.


Vladímir Vasílievich Veidle (1895-1979).
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El artículo es una versión abreviada del original publicado en el libro La tarea de Rusia (Задача России ). Vladímir Vasílievich Veidle. La tarea de Rusia. Nueva York. Editorial Chéjov, 1956.


4.1.07

С Новым годом!




¿POR QUÉ en Rusia se celebra la Navidad no el 25 de diciembre sino el 7 de enero? La razón hay que buscarla en el calendario juliano, es decir, en el calendario instituido por Julio César en el año 45 a. de C. que es por el que se rige hasta nuestros días la Iglesia Ortodoxa rusa, y que tiene una diferencia de 13 días respecto al gregoriano.

En los países católicos el calendario juliano fue sustituido en 1582 por decreto del Papa Gregorio XIII por uno nuevo, al que debe su nombre: gregoriano, pero que también es conocido como calendario cristiano, ya que se remite al nacimiento de Cristo como punto de partida. Los países protestantes fueron abandonando el calendario juliano paulatinamente en el transcurso de los siglos XVII y XVIII. Los últimos en adoptar el calendario gregoriano fueron Gran Bretaña en 1752 y Suecia. En Rusia el calendario gregoriano se adoptó en 1918 y en la Grecia Ortodoxa en 1923.

Al igual que con la celebración de la Navidad, el Nuevo Año no siempre ni en todas partes se ha celebrado con un mismo calendario. Desde el establecimiento del cristianismo en el año 988, en Rusia al igual que en otros países europeos que se regían por el calendario juliano, el año nuevo comenzaba bien en marzo, bien el día de Pascua. En 1492 el zar Iván III ratificó la decisión tomada por el Moskovskiy sobor (sínodo) de considerar el comienzo tanto del año civil como del eclesiástico el 1 de septiembre.

En Francia, por ejemplo, el Año Nuevo se celebraba el 25 de diciembre, posteriormente pasó a celebrarse el 1 de marzo; en el siglo ХII el nuevo año se celebraba el día de Pascua, y а partir de 1564, por decreto del rey Carlos IX el 1 de enero.

La última vez que el Año Nuevo se celebró en Rusia el 1 de septiembre fue en 1698. En 1699 el zar Pedro I instituyó por decreto la celebración del Año Nuevo el día 1 de enero, aunque rigiéndose por el calendario juliano. En los tiempos de Pedro el Grande muchos estados protestantes de Europa se regían aún por el calendario juliano, y Rusia entonces celebraba el Año Nuevo simultáneamente con ellos, pero con un retraso de 11 días respecto a los países católicos, donde desde 1582 se regían por el calendario gregoriano.

El zar Pedro I se preocupaba personalmente de que los actos para celebrar la llegada del año nuevo no desmerecieran en nada de los que tenían lugar en otros países europeos. Desde el 1 de enero de 1700 los festejos populares de Año Nuevo recibieron la aprobación general, y la celebración del año Nuevo comenzó a adquirir un carácter laico. Como símbolo de gran fiesta nacional, por la noche los cañones lanzaban salvas, y sobre el cielo oscuro los fuegos artificiales trazaban todo tipo de figuras sorprendentes, un espectáculo nunca antes visto. Las gentes manifestaban su alborozo, cantaban, bailaban, se felicitaban y se intercambiaban regalos.

De esta manera es como llegó a Rusia la celebración del Año Nuevo con sus adornos, el árbol de Navidad, los fuegos arti-ficiales, las hogueras (que Pedro I ordenó encender en las noches del 1 a 7 de enero), y todo tipo de juegos y entretenimientos relacionados con la nieve y en el que los niños eran y son los principales protagonistas: los trineos, los esquíes, los patines, los muñecos de nieve, Died Moroz (el Abuelo Invierno) y los regalos…


La primera mención escrita del Árbol de Navidad se remonta al siglo XVI. En la ciudad alemana de Estrasburgo tanto las familias humildes como las de los notables adornaban en invierno los abetos colocados en sus casas con papeles de colores, frutas y dulces. Poco a poco esta costumbre se extendió a toda Europa. A América esta tradición llegó junto con los colonos alemanes y también con los mercenarios que tomaron parte en la guerra de la independencia.


La tradición del árbol de Návidad fue prohibida en la Rusia soviética en la década de los 20 como «una reminiscencia religiosa», y fue de nuevo permitida para celebrar el año 1936, pero ya no como “árbol de navidad” sino como “Árbol de Año Nuevo” (Novogódniaia iolka).

A a partir de 1919 el Año Nuevo en Rusia comenzó a celebrarse en concordancia con el calendario gregoriano. Desde el año 2005 en Rusia los días del 1 al 5 de enero son festivos.

El principal personaje del año nuevo en Rusia es Died Moroz, el Abuelo Invierno, una reminiscencia, al igual que en otros muchos países, de San Nicolás. Aunque también es verdad que la figura del bondadoso abuelo con poderes mágicos se formó a lo largo de muchos siglos y tiene como prototipos en unos casos a los gnomos del bosque; en otros a los juglares o a los buhoneros o vendedores ambulantes de juguetes.

El “Viejo año Nuevo” (Stariy Noviy God) es la fiesta de celebración del nuevo año en Rusia hasta el día de hoy conforme al calendario juliano (actualmente en la noche del 13 al 14 de enero) y que constituye un eco histórico del cambio de calendario. De esta manera el pueblo ruso celebra en dos ocasiones la llegada del nuevo año. El “Viejo año Nuevo” se celebra también en Serbia, Suiza y algunos otros países.




¡¡¡FELIZ AÑO NUEVO!!!


21.12.06

THE NEW COLD WAR OR WHAT?

A MEDIADOS de los años 90 fui invitado a participar en un seminario en Washington dedicado a las relaciones de los EE.UU. con la “Nueva Rusia”. En el seminario intervino la que era conocida en aquel tiempo como “la Dama de Hierro" americana, Jeanne Kirkpatrick. La entonces representante de los EE.UU. en la ONU durante la presidencia de Reagan, al tiempo que se deshacía en elogios hacia la figura de Yeltsin, le conminaba a que llevara a cabo en su país una reducción radical (y unilateral) de las armas nucleares y convencionales. Kirkpatrick consideraba que la Rusia de Yeltsin demostraba ser un país democrático, "y, como es sabido, los países democráticos -es decir, Occidente- no se atacan entre sí". Por eso Rusia podía desarmarse y vivir tranquila sin temor a ser agredida por nadie…

No se puede decir que los occidentalistas no sean consecuentes. En 1999 durante la celebración conmemorativa del Consejo del OTAN en Washington, fue aprobada una declaración que proclamaba el "derecho" de los países miembros de la Alianza Atlántica a la intromisión "preventiva" (incluida la bélica) en los asuntos internos de otros estados, si es que la Alianza llegara a considerar que en esos países se violan la democracia y los derechos humanos, lo que podría “suponer a su vez una potencial amenaza para el propio Occidente". Esa fórmula aprobada en Washington por la OTAN fue ya puesta en práctica, como es por todos conocido, en Yugoslavia y en Irak, sin la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU.

Obviamente, hace ya mucho tiempo que cambiaron de manera radical el contenido y el tono de las declaraciones de los políticos y de los medios de comunicación tanto americanos como europeos respecto a Rusia. En el último número de la revista liberal de izquierda "The Nation", su redactora jefe Katrina vanden Heuvel reproduce las palabras de un periodista británico (cuyo nombre no menciona), quien en relación con el llamado “caso Litvinenko” y valorando la reacción de Occidente, escribió:
"A medida que el caso va tomando cuerpo y crece la histeria mediática en relación con el mismo, percibo con mayor nitidez que lo que esta situación revela no es la esencia diabólica del Kremlin, sino nuestra propia credulidad, la mala fe de nuestra prensa, la irresponsabilidad de nuestros políticos y la codicia de la industria mediática”.

Pero el asunto va mucho más allá. La intencionalidad de la propaganda en su abierta difamación y demonización no sólo de Putin, sino de Rusia y los rusos es harto evidente. Y lo que se pretende demostrar antes que nada es que “en Rusia se acabó la democracia". Por esta razón en los más destacados medios de comunicación occidentales se difunden artículos calcados unos de otros en los que sus autores vienen a demostrar que, mientras con Yeltsin en nuestro país triunfaba la democracia; ahora por el contrario, prosperan la tiranía, la dictadura, el terrorismo estatal e incluso nos amenaza la llegada del fascismo. Como escribe Neil Clark en The Guardian, "cualesquiera que sean las decisiones que tome Putin, los rusófobos las tratan como si fueran la obra de un déspota funesto".

Por ejemplo, el ex ministro de defensa de los EE.UU., Caspar Weinberger, declaró en la revista "Human Events" que “Putin no es para nada mejor que los dictadores Idi Amin o Sadam Hussein". Está claro cuál es el objetivo de esta campaña. Campaña que alcanza su apogeo con el artículo de uno de los miembros del consejo de redacción del más influyente periódico americano (The Wall Street Journal) Brett Stevens, y que titula: "Rusia es el enemigo". Y si Rusia es el enemigo, entonces según la declaración aprobada en Washington en 1999, ya sabemos cuál es el derecho que Occidente se arrogó para actuar en un caso así…

Pero como recordó hace unos días el periódico "Moscow Times", según el resultado de una reciente encuesta de la Fundación para el Estudio de la Opinión Pública, el 31% de los encuestados rusos desearía vivir en la época de Brezhnev; un 39% prefiere los tiempos actuales con Putin, y tan sólo un 1% siente nostalgia por la época democrática de Yeltsin… No obstante, semejantes datos no turban a nuestros críticos occidentales. Al contrario, ellos consideran que esos resultados son el reflejo de la mentalidad del ciudadano ruso medio, lo que constituye una prueba más de que el
“pueblo ruso es hostil a los valores occidentales”.

En 1945, diez días después de la capitulación de Alemania, el ayudante del secretario de Estado, John Grez, escribía al presidente Harry Truman comunicándole
que lo que despertaba mayores recelos e incitaba a tomar “medidas inmediatas” era la perspectiva de que "Rusia pueda reanudar los trabajos para desarrollar su enorme potencial militar, económico y territorial”. De acuerdo con el historiador americano U.Williams, en Washington confiaban entonces en que tras la pérdida de decenas de millones de vidas humanas en Rusia, los EE.UU. debían aprovechar “las posibilidades que se le abrían para consolidar su papel de potencia hegemónica". Al parecer, en nuestros días y en aquel mismo lugar, en el distrito federal de Columbia, se encuentran muy deprimidos por no haber sabido aprovechar las posibilidades de dominio que se le abrieron a los EE.UU. en los años 90 como resultado de las reformas de Yeltsin.

Permanentemente te acompaña la sensación de que estamos ante un remake. Es como si la máquina del tiempo nos transportara varias décadas o incluso más al pasado. De pronto me ha venido a la memoria un día de verano de 1983. En aquel entonces los rusos tenían una costumbre: escuchar la BBC por la noche y Radio Canadá por la mañana. Durante aquellos días se desataron las pasiones en relación con el avión surcoreano derribado en el espacio aéreo soviético (ahora está prácticamente demostrado: la incursión del avión surcoreano en nuestro espacio aéreo del Extremo Oriente fue parte de una operación de los servicios secretos americanos, cuyo objetivo era desatar una campaña de difamación y demonización de la figura del líder soviético Yury Andrópov).

Como es sabido, Andrópov fue antes jefe del KGB. Los americanos no podían aceptar que el nuevo líder de la URSS fuera precis
amente Andrópov, después de haber esperado durante tanto tiempo que el fracaso económico de los últimos años de Brezhnev condujera a una situación irreversible. Actualmente todos los artículos de los medios de comunicación occidentales comienzan y terminan con el recordatorio de que Putin llegó a ser también jefe de la Lubianka. En el cartelito colocado en la puerta del por todos conocido Sushi Bar de Londres se podía leer recientemente: "Hemos cerrado por las acciones del FSB-КGB-Putin-Rusia". Toda una obra maestra de cartel, en el que se viene a decir: solamente los rusos pueden ser los autores de semejante atrocidad: utilizar polonio para matar a una persona y al mismo tiempo realizar un "envenenamiento masivo de Occidente".

Marc Gastings en The Guardian escribe: "En la cumbre del G-8 en San Petersburgo, los líderes de las demás potencias mundiales se esforzaron en comunicarse con los rusos como si fueran personas igual que nosotros y con la vana esperanza de que alguna vez puedan llegar a serlo realmente. Toda la política de Putin está orientada al restablecimiento del poderío y la influencia de la extinta Unión Soviética". Por supuesto, a ojos de Occidente el mayor crimen que puede cometer el presidente ruso es el fortalecimiento de Rusia. El mismo Gastings dice en otro lugar: "La reacción de los rusos ante la actitud de Occidente hacia ellos, al que reprochan que no les muestre el debido respeto, se puede comparar a la reacción de un gamberro en un tren de cercanías que se permitiese agredir a un pacífico pasajero porque no le gustaba su mirada".

Por su parte el londinense The Economist escribe sin ambages: “La confrontación es inevitable, pues ha quedado claro que la Rusia de hoy difiere tanto de nosotros como la Rusia de ayer. El actual estado ruso... muestra un rostro tan desagradable como en los tiempos comunistas... Rusia constituye una amenaza real".

Pero esto no es todo; la supuesta quiebra de la democracia y el proceso de fortalecimiento de Rusia no son las dos únicas causan que motivan los reproches de nuestros s
ocios estratégicos. El otro espantajo que ellos agitan es el energético. Durante su intervención en Riga en la cumbre de la OTAN, el presidente de la comisión del senado para asuntos extranjeros, Richard Lugar (un veterano del Congreso bien conocido por mi), conminó a la alianza a adoptar de manera inmediata una resolución contundente: en caso de que uno de los miembros de la alianza fuera objeto de sanciones energéticas por un tercer estado, eso debería ser considerado como el equivalente a una declaración de guerra a la propia OTAN.

El ya tedioso “caso Litvinenko" en las páginas de la prensa occidental ha sido sustituido por artículos y comentarios en los que se presenta a Putin como un estadista que ha puesto en práctica el “expropiar y repartir” bolchevique. Expropiar los paquetes de control de acciones a "Royal Dutch Shell", "British Petroleum", etc., para repartir esos bienes, gratuitamente obtenidos por esas compañías extranjeras en los benditos tiempos de Yeltsin, entre las compañías estatales rusas. En cada una de estas volubles y sombrías historias se percibe el trabajo de un hábil y experimentado regidor: las ondas hertzianas han de ser capaces de llegar a todas la capas sociales de occidente, desde el modesto ciudadano de a pie, terriblemente asustado por “el polonio ruso", hasta los menos modestos inversores, asustados en mayor medida si cabe que el modesto ciudadano por las nacionalizaciones y las expropiaciones en
Rusia.

Como escribe el ya citado Gastings, "
en realidad, nos encontramos con que tenemos que luchar con algo nuevo: una Rusia que se ha fortalecido a cuenta de que hoy, en la época de la competencia total por las fuentes de energía, bajo su control se encuentra una gran parte de las reservas mundiales de petróleo y gas".

De todo lo expuesto surge la pregunta que sirve de título a este artículo y que ya ha sido ampliamente discutida en la prens
a rusa: ¿No encontramos ante la amenaza de una nueva guerra fría o hace ya mucho tiempo que está ahí? Pienso que cada lector tendrá una respuesta a esta pregunta. Por un lado, son muchos los indicios que nos recuerdan dolorosamente nuestras relaciones con Occidente a finales de la década de los 40 y comienzos de la de los 80 del siglo pasado. Y algunos de estos indicios son aún peores que entonces, y esto se explica porque nuestro país todavía muestra un cierto grado de debilidad y vulnerabilidad, lo "que invita" a sus adversarios a mostrar una especial insolencia frente a Rusia. Por otro lado, tiene razón The Economist cuando llama a mostrar una cierta prudencia, pues de hecho Rusia no es la URSS (y esto lo reconoce hasta Condoliza Rice). No parece que exista base alguna para la rivalidad ideológica, la que sirviera en el pasado para una confrontación que se prolongó años y años. Ni siquiera existe un equilibrio, una igualdad entre las dos potencias y los bloques, creados por ellas.

¿Pero se puede considerar esta nueva situación como menos peligrosa? El destacado “rusólogo” Steven Coen (cuyas opiniones comparto) se muestra muy convencido: ¡esta nueva situación es aún más alarmante! El anticomunismo ha sido simplemente sustituido por la rusofobia, y son muchos los hechos históricos que testimonian que incluso en aquella otra ya remota guerra fría, Occidente se guiaba en sus relaciones con nuestro país por consideraciones de carácter tanto geopolítico, como por consideraciones en las que intervenían elementos
irracionales.

En otro artícul
o ("En la cama con los rusófobos”), que constituye una rareza por su sorprendente honestidad, el ya mencionado Neil Clark reconoce en The Guardian: "Los halcones conservadores se arrojan contra Putin, no porque les preocupen los derechos humanos, sino porque una Rusia independiente constituye un obstáculo para la realización de sus planes, para alcanzar la hegemonía mundial". Y recuerda: la información sobre "una gran estrategia" de los neoconservadores se ha filtrado del memorándum Vulfovich. Se trata de un documento secreto del Pentágono de los años 90, en el que Rusia es denominada como la mayor amenaza futura para los objetivos geopolíticos de los EE.UU. y en el que se pronosticaba una confrontación americano-rusa como consecuencia de la ampliación de la OTAN. Que es exactamente lo que está ocurriendo.
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Este texto es una traducción del artículo de Leonid Dobrokhótov publicado en la edición digital de la revista rusa Russkiy Zhurnal, y que el autor de este blog publica aquí de forma abreviada. El texto original completo en ruso:

http://www.russ.ru/politics/docs/the_new_cold_war_or_what




16.12.06

SERGUEI BONDARCHUK





MONUMENTAL como la propia novela. O mejor dicho: casi, porque ni en las siete horas de duración de todo el filme cabe la gran epopeya de Tolstoi con su amplia galería de personajes (más de 400), cada uno de ellos con su nombre y apellidos, sus circunstancias, su carácter y su alma. Pero el director ruso Sergei Bondarchuk logró algo muy importante y de lo que carece la versión de King Vidor: que el espíritu de la novela esté presente en cada fotograma, en cada escena, en cada secuencia. Creo que fue Andrzej Wajda quien exclamó tras haber visto la primera de las cuatro partes de la película: “¡Dios mío, pero si esto es más que una película: es Tolstoi! Si las otras tres partes de Guerra y Paz mantienen el mismo nivel, estaremos ante una de las más grandes obras del séptimo arte”.


Las cuatro partes de Guerra y Paz no mantienen el mismo nivel, y en cada una de ellas hay logros y pérdidas, pero los logros son de tal magnitud, que los momentos fallidos (ciertas escenas e incluso algunas secuencias a lo largo de los 400 minutos de proyección) quedan como algo fácil de olvidar, pequeños incidentes que no echan a perder un gran día.

La dirección y el talento de Sergei Bondarchuk brillan tanto en las escenas rodadas en interiores como en las épicas e insuperables secuencias de batallas. Las mejores y más espectaculares, sin lugar a dudas, en toda la historia del cine, visualmente resueltas de manera prodigiosa, y no sólo por los miles de extras que en ellas intervienen sino por una soberbia puesta en escena, unos sorprendentes e ingeniosos movimientos de cámara (como la toma en picado de uno de los bastiones en la Batalla de Borodino) y un montaje magistral.


A destacar entre los grandes momentos del filme la espléndida y suntuosa puesta en escena del primer baile de Natacha; la ternura de la escena en que la joven heroína, oculta tras unas plantas en el invernadero, contempla el beso de los dos enamorados, cuya imagen queda congelada en su retina mientras la pareja se separa y sale del campo visual; la secuencia del duelo en la nieve entre Pierre Bezhujov y Dólojov; el incendio de Moscú, los fusilamientos, la retirada de Napoleón y su ejército…

Una película que debería ser estudiada por la inmensa mayoría de los directores de cine de hoy, quienes piensan que con los adecuados medios técnicos, unos actores con buen palmito, un guión prêt-à-porter, unos caracteres y unos diálogos de diseño en situaciones de diseño y un uso generoso, sin que les tiemble la mano (“que no falte de ná”), de los efectos digitales, se hace cine y resuelve cualquier escena: desde el retozar en una cama o en lo alto de un frigorífico hasta la rendición de Breda o el asedio de Troya







9.12.06

¡QUE VIENEN LOS RUSOS!

EN EL CORRALITO europeo llevan decenios e incluso siglos gritando: "¡Que vienen los rusos! ¡Que vienen los rusos!". Y para asustar a niños y mayores se ha usado la imagen del oso, que es un animal grande, fiero y temible; sobre todo cuando alzándose sobre sus patas traseras emite un espantoso rugido y hace unos movimientos como si se dispusiera a darnos un fortísimo abrazo, de los llamados “ha sido un placer conocerte”.

El ruso, ya se sabe, es tosco, no tiene maneras y todo su tiempo libre lo dedica no al ocio creativo (lo que hubiera posibilitado, quizás, que aportara algo al mundo de la música, de la literatura, del ballet, de la ciencia…), sino a pensar en cómo invadir esa otra parte del continente europeo donde viven las gentes de bien, y que es conocida en nuestros días como el corralito.

Pero mientras los voceros del corralito europeo alarmaban en el pasado (al igual que hoy) a las gentes sencillas con sus gritos de "¡que vienen los rusos!", Inglaterra, por ejemplo, se dedicaba a engordar su imperio a lo largo y ancho de este mundo; Alemania provocaba dos GUERRAS MUNDIALES, los americanos hacían el negocio de su vida con el Plan Marshall, aprovechándose del infortunio y la miseria de los europeos (luego intentaron hacer felices a los vietnamitas, ordenándoles la casa), y en España el águila americana depositaba sus huevos en forma de bases militares o de bombas (Palomares). No sé si vendrán alguna vez los rusos, pero mientras tanto hace tiempo que los AMERICANOS YA ESTÁN AQUÍ…






3.12.06

DUELO DE TITANES

DOS CATALANES apostaron junto a la barra de un bar a ver quién era capaz de aguantar más tiempo con la mano hurgándose el bolsillo antes de abonar el par de cañas que se acababan de tomar. El que mostrara una menor resistencia física y moral, ése sería el que abonara la consumición. Desde el otro lado de la barra un camarero se situó con gesto adusto frente a ambos contendientes; éstos se llevaron la mano al bolsillo en una pose desafiante, mientras algunos clientes se apartaban, manteniéndose a una prudente distancia. El camarero, sin contraer un músculo de la cara y con el sólo movimiento de los ojos posó su mirada, ora sobre uno, ora sobre otro de los rivales; a continuación alzó lentamente el paño de cocina que llevaba sujeto a la cintura, y cuando el paño ya pendía sobre su cabeza, el camarero exclamó de pronto, haciendo restallar el paño de cocina en el aire: "¡Ya!". Una mosca cayó fulminada en el interior del vaso de uno de los duelistas. Y éstos, con la expresión en el rostro de una caganer, sosteniendo con valor la penetrante mirada del adversario y con una de sus manos rascándose el bolsillo, dieron comienzo a este dramático duelo.

Cuarenta minutos después el rostro de uno de los dos contendientes comenzó a adquirir un color frambuesa, mientras su frente se perlaba de sudor. Y cuando ambos duelistas ya habían sobrepasado los 180 minutos rascándose los bolsillos; cuando la sudoración empapaba sus frentes, sus rost
ros, sus cuellos, sus camisas; cuando la tensión en el bar se podía cortar con un cuchillo, entonces uno de los dos combatientes por la honra y la integridad de la pela (el del rostro color frambuesa) hizo un extraño movimiento con el codo, seguido de una convulsión que recorrió todo su cuerpo, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Y cuando todo parecía indicar que el duelo llegaba a su fin con la derrota del duelista de color frambuesa, éste dio un brinco, y con la mano embutida en el bolsillo derecho de sus pantalones echó a correr de extraña manera, aleteando con el brazo izquierdo como un ave herida, en dirección hacia la puerta del bar. Apenas tuvo de tiempo de cruzar el umbral de la puerta, cuando el oprobioso contrincante se perdió en otra dimensión oculta a la visión de todos los presentes... Nunca más se volvió a saber de él.

Alguien podría pensar que este verídico relato responde a una intencionalidad insana, políticamente incorrecta. Pero nada más lejos de la verdad. Bueno, la realidad es muy incorrecta. Es cierto que el cobarde que buscó refugio en el hiperespacio era catalán, sí; pero también lo era el digno vencedor de aquel dramático duelo, que aguantó haciendo gala de una gran dignidad y mayor valor hasta el último minuto frente a la barra del bar sin perder la compostura; defendiendo su honra, su bandera y su palabra.

Lo único de lo que este veraz cronista, este hombre con la cámara al hombro, este entusiasta del kinopravda (cineverdad) no puede ofrecer imagen alguna es del momento en que el aguerrido catalán, una persona de palabra y dignísimo vencedor del duelo, abonó el importe de las dos consumiciones (algo en lo que el camarero insistió con inusitada vehemencia), pues en el preciso momento en que el héroe de aquel reto se disponía a pagar el importe de las dos cañas, cayó fulminado al suelo. Según el diagnóstico de los médicos, se trató de una parada cardiaca.




30.11.06

EINE, SBAI, TRAI

HACE MUCHO TIEMPO que Alemania dejó de ser el paradigma de la eficiencia, y su proverbial amor por la disciplina y el orden ya no es el garante de que los trenes lleguen a su hora ni de que no descarrilen o que a la familia Schultz no se les estropee el termostato del frigorífico o que la lavadora realice bien el centrifugado. Y si las cosas no funcionan como es debido, ¿para qué sirven la disciplina y el orden y pensar el mundo con la cabeza cuadrada?

No hace mucho estuve en Grecia, donde visité unos antiguos monasterios de la Iglesia ortodoxa. Naturalmente, allí había turistas de distintos países. Y sólo los alemanes se encontraban distribuidos en tres grupos perfectamente organizados con idéntico número de personas en cada uno de ellos. Marchaban ordenadamente en filas de a dos y bajo la dirección de un guía. Cada guía de los grupos alemanes sostenía una banderita del mismo color, pero con distintos números: 1, 2 y 3.

Los guías capitaneaban los grupos al estilo: eine, sbai, trai,
y los conducían por el monasterio como un pastor conduce a su ganado. Cuando los tres grupos se fundieron en uno solo, yo les grité: “Hail, Hitler!” Entonces todos ellos se volvieron hacia mí al unísono con idéntica expresión de estupor en el rostro, y así permanecieron durante unos minutos, pero sin que ninguno de ellos dijera una sola palabra.

Claro, puede que se tratara de tres grupos de turistas alemanes afectados por algún síndrome… Aunque yo me inclino a pensar que eran alemanes corrientes. No sé si se han ganado el vivir en democracia, pero en cualquier caso su democracia no constituye un ejemplo a imitar: demasiada geometría.




Aristarj Lentulov. Moscú, 1913